Unidad, compasión y humanismo para enfrentar el odio y la violencia

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Un nervio de nuestra sociedad ha sido nuevamente trastocado con la más fatal y cobarde obra humana. Un fenómeno de vieja data, un hecho que se repite, que parece ya de hecho cimentarse en las raíces de nuestras comunidades. Hemos sido, otra vez, víctimas, en conjunto, de un acto terrorista.

La violencia con armas sigue tan latente como siempre en nuestro país, y Dayton lo ha sentido en carne propia. Antes de trascender a cualquier determinación política o especulativa, es menester detenernos con el fin de preservar el sentimiento y no ofuscar lo que como miembros de esta comunidad debemos asumir, esto es, el sentido de hermandad hacia el otro que ha sido violentado.

No perdamos de vista que nueve personas murieron. Nueve personas con familias, con hijos, con sueños, con futuros y con capacidad de servir a este país como cualquier otro. No perdamos de vista que, como organismos sociales, debemos intentar ponernos en los pies del otro, y sentir su impotencia, su tristeza.

Porque entonces cederíamos. Cederíamos ante la barbarie de la violencia y les otorgaríamos la victoria a aquellos perpetradores. No perdamos, jamás, ese sentimiento humano hacia el otro que llora a su hermano hoy. No permitamos que ganen. No permitamos que el daño más grande sea cometido contra nosotros.

En una situación como la que nos afrenta ahora, podemos aún preservarnos fuertes. Esta es la violencia, y es tal porque es próxima y cercana a nuestra sensibilidad. Desde el primer momento en que naturalicemos que un tiroteo es pan de cada día y que “así son las cosas en mi país”, el daño más grande fue hecho.

Mantengámonos fuertes, y asumamos que esta facción, motivada por el supremacismo, como en el caso de Texas, está en el lado erróneo de la historia. Y este es el puente que nos permitirá adentrarnos en el núcleo de la problemática.

Tenemos, por un lado, con que la política de armas no funciona. Quienes están en el poder y no toman en serio su trabajo como legisladores, sino que sirven como extensión al corporativo que tiene responsabilidad en estos crímenes, no pueden seguir representándonos.

Quienes con su discurso incitan al odio, el enemigo común, por permanecer en el poder convenciendo a una población en tumulto, confusa e incapaz de pensar con hechos como los que ahora nos perturban saben que la polarización es el medio, jamás es un fin. Los ataques son un medio así mismo.

Y para quienes estén convencidos de que existe un enemigo, de que alguien nos estorba para alcanzar nuestra meta común, solo nos queda decir que, lamentablemente, han recibido el peor de los daños. Y estos, quienes ahora nos causan disgusto y revuelo, han ganado la batalla.

No nos dejemos engañar.

Desde La Vanguardia, invitamos a la comunidad hispana a seguir pensando y sintiendo como familia. A las víctimas, nuestro más sentido pésame.