¿No estoy yo aquí que soy tu madre?

Ayate original en la Nueva Basílica del Tepeyac.

Así reza la impronta de la Virgen de Guadalupe en la Basílica de Tepeyac, lugar sagrado que antes fue espacio de culto indígena, y de donde surgió el hito de su aparición, un 12 de diciembre de 1531.

Este año se conmemorará el aniversario número 487 de la aparición de la Virgen de Guadalupe, símbolo de la identidad católica universal y, por sobre todo, icono nacional de Latinoamérica.

La cantidad de apariciones marianas son indeterminadas, no es una exageración decir que cada localidad históricamente católica tenga su propia narración en los distintos pueblos latinos. Sin embargo, la Iglesia Católica, desde el Vaticano, solo ha reconocido oficialmente como probables la aparición de la Virgen de Lourdes en Francia (1858), la Virgen de Fátima, en Portugal (1917) y, con orgullo, la Virgen de Guadalupe, en el México colonial de 1531.

Por ello, la Virgen de Guadalupe es un símbolo de identificación colectiva, un motivo de supranacionalismo a lo largo de toda América Latina. Ella representa con creces toda una cultura, que la ha dibujado en su imaginario como morena.

Su importancia trasciende la misma experiencia religiosa, pues es ya un elemento estampado en el folclor y cultura popular, desde Baja California hasta Tierra del Fuego. Su historia y sus milagros, sin exceptuar el enigmático ayate, configuran toda una serie de creencias y objetos de orgullo para con el resto del mundo.

Cuauhtlatoatzin, o el «águila que habla»:

Durante el año de 1531, México se encontraba aun en el proceso de la Conquista por parte de los españoles. Entrado el siglo XVI, el relato del contexto mariano de la Virgen de Guadalupe se ubica en medio de un solido esfuerzo de evangelización católica en los territorios indígenas, hecho que determinará luego el impacto de la aparición.

El relato de la Virgen de Guadalupe está fundamentalmente consolidado con los escritos del Nican Mopohua, donde se narra su aparición.

Juan Diego Cuauhtlatoatzin, cuyo apellido se traduce al español como «el águila que habla», protagonizo las cuatro apariciones de La Guadalupana en 1531. Fue posteriormente hecho santo por la Iglesia Católica en el 2002, su festividad se lleva a cabo el 9 de diciembre.

Juan Diego fue un indígena chichimeca, convertido al catolicismo por los franciscanos, y la historia narra que, el 9 de diciembre de 1531, mientras se dirigía a pie hacia Tlatelolco, -exactamente a un sitio denominado como Tepeyac-, la Virgen María se le aparecería en medio del bosque, para encomendarle la misión de consultar al obispo capitalino (Juan de Zumárraga), construir un templo en su nombre en el lugar de la aparición.

Pero el obispo no acepto con tanta facilidad la propuesta, y Juan Diego no puedo convencer al misionero, ni de la construcción del templo, ni de la aparición de la Virgen. Ese mismo día, La Guadalupana se manifestó por segunda vez al chichimeca, para que insistiera nuevamente.

El obispo solicito a Juan Diego argumentos objetivos para probar la aparición de la Virgen. Corría el 10 de diciembre, domingo, y la Virgen se mostró ante Juan Diego por tercera vez para acordar que, al día siguiente, el 11 de diciembre, ella daría señales para convencer al obispo desde Tepeyac.

Pero Juan Diego faltó a la cita, pues su tío, Juan Bernardino, estaba enfermo de gravedad y pidió a su sobrino que corriera hasta Tlaltelolco para encontrar a un confesor, ya que estaba plenamente seguro de su muerte. Era el 12 diciembre, y Juan Diego corrió hasta la ciudad, consciente de haber faltado a su cita con la Virgen y evadiendo el lugar de su aparición, para evitar perder tiempo. La cuarta aparición de la Virgen tomó lugar justo allí, en inmediaciones del monte Tepeyac, donde ahora queda la Basílica. Juan Diego fue interpelado, y decidió explicar la situación de su tío a la Virgen, quien respondió:

«Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? No te apene, ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá de ella: está seguro de que ya sanó».

Además, para probar su existencia ante el obispo, mandó al indígena a un cerro cercano, para que cortara las flores que allí, inexplicablemente -debido a la aridez y estación invernal-, estarían. Juan Diego las colocó en su tilma (prenda de vestir de tela) para llevárselas de vuelta a la Virgen y luego ser enviado hasta el obispo.

Juan Diego descubrió su tilma para el prelado, quien observó con tanta sorpresa como el enviado que en el tejido se encontraba la imagen de la Virgen de Guadalupe. Según la tradición católica, este mismo tejido, de 1531, es el mismo que hoy se expone en la Basílica de Tepeyac. Por supuesto, Juan Diego regresó para encontrar a su tío completamente sano, y el templo fue ordenado a fabricar al mismo tiempo.