Lo que fui es lo que soy….

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Soy venezolana. Soy psiquiatra y psicoanalista. Le debo a mi país la esencia de mi formación como profesional y mi corazón latino. Finalmente, luego de mucho esfuerzo tengo una práctica solida como psiquiatría y psicoterapeuta en Mason, Ohio. Volver a estudiar fue un requisito inevitable para poder recuperar un pedazo de mi identidad perdida que no cupo en mi maleta a la hora de emigrar y que alimentaba de forma negativa a la nostalgia que no he podido sacudirme desde que llegue a los Estados Unidos de América. Desde que empecé a trabajar formalmente siempre había querido encontrar una manera que me acercara a la comunidad latina y desde donde pudiese compartir mis ideas y experiencias en relación con distintos temas relacionados a la salud mental. Es una deuda pendiente con mi raíz latina. Mi intención es abrir un espacio que considero indispensable para abordar la salud mental sin tapujos ni prejuicios, hasta ahora muy ligados a la manera como nuestra cultura tiende a referirse a cualquiera que sea la enfermedad mental. Todos podemos hablar con comodidad y compartir nuestra experiencia y nuestro sufrimiento físico cualquiera que este sea pero cuando se trata de nuestro sufrimiento psíquico tendemos a esconderlo o a avergonzarnos y sin darnos cuenta terminamos aislándonos y de esta forma empeorando nuestro padecer.

Así que entre mis resoluciones de año nuevo estuvo dar inicio a esta columna y, como seguramente les ha pasado a ustedes también con sus propias resoluciones, me ha costado arrancar y con mucha suerte estarán ustedes leyéndome antes de que el año termine…. Es decir casi con un año de retraso en mi calendario de ilusiones.

He decidido titular mi columna “Lo que fui es lo que soy”. Es el nombre de una de mis canciones preferidas y recoge lo que a mi manera de ver es una utopía porque no es posible negar los efectos del tiempo, el espacio y la distancia en la identidad de todo inmigrante pero a la vez es también un ancla que me permite estar atenta a la necesidad de preservar y cultivar mi identidad Latina. 

No hay duda de que al pisar otro país con el propósito de emigrar se produce una división, una ruptura entre lo que dejamos atrás y lo que empezamos a construir. Sin duda las redes sociales, las llamadas telefónicas, el facetime o el WhatsApp sirven de cuerda que intenta mantener cierta continuidad entre estos dos mundos. Eso contando con que el internet y las telefónicas estén de nuestro lado, cosa que no es lo usual en países como el mío.  Es una cuerda que a veces se siente floja o muy tensa dependiendo el día y el interlocutor y caminar en ella da mucho susto por no decir vértigo y es entonces cuando empezamos a evitarla o a caminar en puntillas para que no se rompa. Nos comunicamos menos con los que quedaron del otro lado, o decimos menos omitiendo asuntos importantes por aquello de no preocupar al otro y así sin darnos cuentas vamos perdiendo gente querida muchas veces ignorando por qué.

Hace poco leí que “la emigración distorsiona las leyes de la física. Es todo alucinante y un poco incomprensible”. “Todo el que emprende el largo y azaroso viaje de la migración —que te cambia como persona, que siempre te somete a toda clase de sorpresas, que te arroja a orillas inesperadas— se convertirá en otra persona más rápida e imprevisiblemente de lo que espera y de lo que hubiera pasado en lugar de origen. Todos cambiamos, queramos o no, a medida que vivimos, pero ese cambio se dispara si nos mudamos de ciudad o de país o de continente. Así que irse implica siempre, en cualquier contexto, que te harás otra persona más pronto que tarde, y por tanto irás dejando de tener cosas en común con quienes te rodeaban en tu mundo anterior.”

Esta columna es mi intento por mantener esa cuerda firme a sabiendas de que las consecuencias de la migración son muchas, y algunas irreversibles. No me queda otra que hacer el intento. Tratar de dibujar en este espacio maneras de navegar entre estos dos mundos y revisar sus consecuencias en lo psicológico. En mi próxima columna explorare el tema del duelo como proceso inevitable en toda migración.