George H. W. Bush: el republicano que selló la Guerra Fría

George Bush se observa decaído durante el funeral de su padre. /Reuters

El tradicional político bandera de Estados Unidos George H. W. Bush, conocido popularmente como Bush padre, falleció el 30 de noviembre en Houston, Texas. Alcanzó los 94 años de edad con una deteriorada salud, pronunciada por el Parkinson que le tenía prácticamente inmovilizado desde 2012.

Su desempeñó más notable tuvo lugar desde la presidencia, que dirigió en el periodo de 1989 a 1993. Se destacó además como un talentoso diplomático, tras lidiar a su favor la culminación de la Guerra Fría y el derrocamiento de Sadam Hussein durante la Guerra del Golfo.

Barbara Pierce, su esposa por 73 años, falleció en abril de este año. Dejaron seis hijos, entre los cuales se cuenta George W. Bush, o Bush hijo, expresidente, y otros cinco, de entre los que destaca un precandidato a la presidencia.

Su carrera política estuvo nutrida por diferentes cargos a lo largo de su vida, se movió en diferentes ámbitos y arenas del ejercicio público. Fue congresista, embajador, jefe del Partido Republicano, director de la CIA y vicepresidente de Reagan, además de empresario y, naturalmente, presidente.

Tuvo así mismo, y como muchos políticos tradicionales del siglo XX en Estados Unidos, una carrera militar, A los 18 años decidió enlistarse en el Ejercito, siendo piloto durante la Segunda Guerra Mundial y de donde cayó derribado en 1944 (fue rescatado, como si de una epopeya se tratara, por un submarino aliado, para ser condecorado luego en su país).

Concluyó sus estudios en Yale como economista. A los 21 años se casó con su esposa de toda la vida: Barbara, que conoció en su adolescencia. Se mudó a Texas para dirigir los negocios de su padre en el campo petrolero, y su carrera política fue reconocida masivamente solo hasta los 60 años, cuando se hizo congresista.

Bush padre abrazó con creces la corriente -y más que una corriente, el hacer– de la realpolitik. Su desenvolvimiento escaló todas las esferas del gobierno y la negociación de tú a tú, acertando efectivamente en medir las consecuencias de sus decisiones en el campo del poder, más que en las ideologías. Un elemento a favor en la época de las divisiones ideológicas. De esta cualidad nace una aparente desventaja: su poca interacción con la sociedad civil, llegándosele a considerar como un dirigente sin carisma.

Se le reconoce haber pactado junto a Gorbachov, en 1991, el tratado para la reducción y seguimiento de las armas nucleares, mientras que, en el mismo año, lideró una bancada de más de 30 países que lucharon por la expulsión del autoritarismo en Kuwait, encabezado por Sadam Hussein. Se reconoce aquella prudencia que le desvió de combatir directamente en Irak, cosa que si hizo su hijo con ambiguos resultados.

Finalmente, y tras una popularidad que ascendía geométricamente -alguna vez llegó hasta el 80% de favorabilidad-, encontró el techo tras la despiadada recesión económica y, claro está, el rápido posicionamiento de un joven demócrata: Bill Clinton.

“Habrá momentos duros, más difíciles aún por críticas que pueda considerar injustas, pero no deje que los críticos le desanimen o le desvíen del camino”, habría de escribir en una carta dirigida hacia su rival Clinton.