El ruido y la furia del momento histórico latinoamericano II

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El movimiento no ha cesado y la disconformidad sigue siendo patente en varias latitudes latinoamericanas. Pero no tratamos de poner énfasis en las representaciones valorativas del problema. Queremos, antes que nada, hacer evidente el patrón que ha venido movilizando a cientos de miles de protestantes desde Pánama hasta Chile en los últimos meses.

Los conflictos son aparentes en las movilizaciones sociales que, por lo general, expresan una serie de consignas, o, en otros casos, responden a fenómenos muy puntuales. Más coloquialmente, responden a la leña que quema el fuego. En el caso latinoamericano, la situación comporta ciertas convenciones comunes, que superan los límites geográficos de cada Estado.

Pero no es un secreto. Bien sabemos que algo de influencia tendrá el hecho de que Latinoamérica es actualmente la región con más desigualdad, un punto que la OCDE no se cansa de repetir.

La desigualdad económica tiene influencias estructurales en el universo social. Por ejemplo, uno de los asuntos más notorios es la percepción generalizada de estancamiento, lo que se puede comprobar con las posibilidades de estabilidad financiera. Más bien, lo general es el constante presentimiento de riesgo, de que la posición social está en juego cada día, y nada es garantía que al día de mañana tendremos los mismos recursos.

Chile es el caso más paradigmático de este fenómeno, dado el hecho de que es uno de los países más prósperos del continente. El imaginario colectivo lo comprueba: Chile es lo más cercano a un “país desarrollado” que la región ofrece. Por otro lado, esta prosperidad a la que todos nos referimos cuando hablamos de Chile es, en todo caso, pura ilusión óptima, o, mejor, un indicativo de la estadística y la economía, pero no una métrica concisa para el mundo real.

El chileno promedio no ostenta la prosperidad que Chile tanto celebra. Esta es quizá una de las razones por las cuales, una intervención gubernamental como el aumento a la tarifa del transporte pública causó el conflicto más grande que esa sociedad ha visto desde los tiempos de la dictadura de Pinochet. Con las protestas volvieron los toques de queda y el asalto de las fuerzas armadas hacia la sociedad civil.

El modelo que Chile emprendió sacrificó la prosperidad de la mayoría para acumular un gran capital en grupos diminutos del establecimiento corporativo.

Pero la pelea latinoamericana no se reduce a un simple modelo económico, a una disposición estatal. La inconformidad latinoamericana es hacia una tradición que tiene como núcleo común el clásico mecanismo de los oídos sordos. Y es que, al parecer, los estados han tenido que esperar reacciones vandálicas para prender motores.

La conclusión de este momento histórico está por verse, pero sus efectos inmediatos ya dan ciertos trazos de luz: el grueso de la mayoría no aguanta. Una contradicción ha sido revelada, y atraviesa los discursos de los ciudadanos.