El fenómeno migratorio de Centroamérica: más allá de la zanahoria y el garrote

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Recientemente, fuimos testigos de un hecho de no poca sorpresa: el gobierno mexicano tuvo que actuar de emergencia para atajar las advertencias de la Administración Trump: o detenía de facto el ritmo actual del flujo migratorio en la frontera, o Estados Unidos impondría altas sanciones en forma de aranceles para los productos mexicanos que ingresan al país.

La estrategia surtió efecto cuando, desde el gobierno mexicano, se adelantaron rápidamente medidas para solventar la visible crisis que el segundo escenario proponía —recordemos que cerca del 80% de todos los productos para exportación producidos en México van directo a Estados Unidos—.

Para contrarrestar la amenaza, México decidió enviar 6.000 hombres de la fuerza pública a la frontera, y recibir unos 8.000 inmigrantes centroamericanos en espera de respuesta de solicitud de asilo, además de otras condiciones prácticamente ocultas para el conocimiento general. A cambio, México recibió un alivio, por lo demás temporal. Porque las medidas acatadas responden a un plan indefinido por parte de Estados Unidos.

Así las cosas, parece que el muro que la actual Administración intenta construir sí se está haciendo en México, pero por otros medios. Se trató, sin duda alguna, de una enorme victoria política, en medio de una confrontación de no acabar contra China y la llamada “Guerra Comercial”.

Sin embargo, solo una pregunta suscita de esta problemática: ¿se está respondiendo efectivamente al fenómeno migratorio centroamericano?

La respuesta corta es no. Y debemos remitirnos al acuerdo al que llegaron los dos países del norte el pasado diciembre, con el plan para el desarrollo productivo de Centroamérica y la financiación de diferentes proyectos en El Salvador, Guatemala y Honduras.

Si entendemos que la causa de la migración en Centroamérica responde a problemas mayores como la desigualdad, la falta de oportunidades, la inestabilidad política y, principalmente, la violencia política y la delincuencia, no será difícil comprender que no se está acatando el problema de raíz y, en consecuencia, las medidas que México ha tomado presionado por Estados Unidos, serán apenas una cura para la situación actual, pero no corresponden a un plan integral para el futuro, y las caravanas y el flujo migratorio en general no cesará hasta que el problema de raíz no encuentre solución.

El plan para el Desarrollo de Centroamérica es apenas una aceptación de la magnitud y la causa del fenómeno migratorio, entonces, ¿por qué no unir esfuerzos hacia esa causa?, y prolongar la financiación de proyectos productivos, garantizar la seguridad y el orden en medio de la violencia política, los altos índices de criminalidad y la falta de oportunidades económicas.

Definitivamente, no resulta inoportuno pensar con malicia: ¿cuál es el problema que realmente quieren zanjar los dos países?  Parece que el fenómeno migratorio no está entre las prioridades.