El cambio climático no es un lema de campaña ni un capricho generacional

El inicio de una nueva década supone reconsiderar cuestiones que, si bien vienen posicionándose con solidez, ameritan mayor atención. La crisis climática comienza a afectarnos, y ya que se trata de un fenómeno apenas explorado, sus consecuencias no son tan claras. La prevención es la mejor disposición.

No es una preocupación menor, ni un capricho generacional. La crisis climática, el calentamiento global y los cambios derivados de estos fenómenos ya están afectando a nuestro planeta en sumo grado.

Prueba de este peligroso chicken game es que no solo hemos rotó todos los récords en cuanto al calentamiento global, sino que cada año es más caliente que el anterior. Las temperaturas en los océanos siguen aumentando, y las metas propuestas por diferentes acuerdos internacionales, en vez de progresar, disminuyen a causa de diferencias políticas.

“Si miras el contenido de calor del océano, el 2019 es de lejos el más caliente, el 2018 es el segundo, el 2017 es el tercero, el 2015 es el cuarto, y luego el 2016 es el quinto”, dijo Kevin E. Trenberth, científico del National Center for Atmospheric Research al New York Times.

En suma, estamos atravesando un momento histórico para el que no se pueden prever salidas. La complejidad del sistema ecológico es tanta, que será imposible calcular cuáles son las consecuencias de nuestro irresponsable comportamiento para con el planeta.

Las protestas que tienen lugar varios países del mundo simultáneamente, generalmente lideradas por jóvenes, son solo una manifestación política a la problemática. Greta Thunberg es, más allá de la cara visible de esta respuesta, una manifestación en sí misma, del momento histórico, de la crisis que no haya salida.

Y la del calentamiento climático no es una observación unilateral. La NASA, en asociación con otras organizaciones mundiales, anunciaron que la última década ha sido la más caliente desde que se tienen registros. Los últimos cinco años fueron los más calientes en un histórico de 170 años. 2020 no será la excepción a esta tendencia, es forzoso que el cambio continúe.

En ese sentido, quedan en pie las propuestas para lograr una regulación y control de nuestra influencia como género a la inevitable degeneración de los ecosistemas. El problema de raíz es que, como estamos atestiguando, las consecuencias no tendrán lugar un futuro lejano, sino que están a la puerta de la esquina.

Pero lo primero, y antes de proceder a tecnicismos (ya que, la técnica y la ciencia, que nos dejó en este punto, debería también sacarnos), es reconocer el problema como un fenómeno complejo, objetivo e inmediato. No es una consigna política, ni un capricho generacional, ni un problema manufacturado. Se trata de una verdadera crisis. Reconocer que enfrentamos no un cambio climático (eufemismo inventado por un asesor de discursos del expresidente George Bush Jr.), sino una crisis global.