Arte latino en Estados Unidos: la estética de la resistencia

Las manifestaciones latinas de arte se han abierto paso por la puesta estadounidense de una manera sublime. Cine, literatura y, principalmente, música, comandan una influencia cultural que está lejos de terminarse.

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La aproximación latinoamericana a una especie de transculturación no es meramente comercial: no, no solo se habla de una exportación de cantantes conocidos, o de cine de grandes cifras. Latinoamérica propone una influencia más allá del influjo económico —sin pasar de largo el hecho de que la industria latina del entretenimiento parece obscurecer otras formas de consumo, como es el caso de Netflix y las novelas mexicanas—.

De hecho, si pudiésemos catalogar un arte latino, acción de por si limitada y apenas orientativa, tendría la esencia de la resistencia. Resistencia hacia la contrainfluencia, hacia los partidarios de la infame americanización. Resistencia ante la fuerza casi supresora de distintas formas de expresión.

El neologismo de latinx es ejemplificante. Usado como neutralizador de la marca de género gramatical (superando los sufijos latino y latina), el concepto de latinx tuvo un breve impacto durante su surgimiento, a comienzos del nuevo milenio, pero no fue hasta 2014 cuando, como si de un consenso democrático se tratara, el término fue exportado en los ámbitos universitarios de todos los campus del país con una significativa proporción de estudiantes latinos.

Se trata, en efecto, de un acto de resistencia, al menos, en medio de los debates de género en la actualidad. Este es un fenómeno, hay que decirlo, característico de las poblaciones latinas jóvenes en Estados Unidos.

Es un retrato de la adaptación: el latino hace uso de condiciones particulares, propias de biografías y procedencias comunes en ambientes ajenos, alienantes. Tal es el caso del artista Rafa Esparza, con base en California, que usa ladrillos y construcciones de adobe. Elementos que pertenecen al imaginario latino. La imagen del constructor es así elevada, pierde sus proporciones alienantes, pierde su estigma y consigue una proporción artística e idealizante, encarnada, incluso, en el mismo Rafa:

Rafa Esparza, Detail of New American Landscapes. Self Portrait: Catching Feelings (Ecstatic), 2017.

Rafa Esparza elaborando ladrillos de adobe junto a su padre. Fotografía: manpodcast.com

Volcándonos hacia una dimensión más comercial, no por ello menos importante, encontramos producciones cinematográficas de incalculable renombre. De todos ellos, Roma (2018) de Alfonso Cuarón, es la maquetación, no solo de una biografía (la de Cuarón), sino de una vida hecha arte.

Roma, que fue exhibida en Netflix, fue nominada a diez premios de los Oscar, incluyendo Best Picture, o mejor película. Alcanzó, junto a The Favorite, la mayor cantidad de nominaciones. En últimas ganó tres premios y, entre ellos, el más predecible. Mejor película extranjera.

No obstante, la de este director se suma a la obra de los tres grandes del cine contemporáneo mexicano: Guillermo del Toro, Alejandro Gonzáles Iñárritu y el mismo Cuarón. A la cabeza le siguen personajes como Gael García Bernal o Alfonso Arau.

Roma se grabó a blanco y negro, en lengua mixteca (indígena) y español. La protagonista, Cleo, era una “chica de servicio”. Para muchos, esta película fue la mejor del 2018. Es la manifestación visual de un acto revolucionario, una forma de resistencia contra los estándares tradicionales del cine americano.

Ahora, que estamos viviendo una etapa de celebración en el Mes de la Herencia Hispana, queremos advertir a los lectores que la nuestra no es una celebración caprichosa. Más bien, exhortamos a todos los lectores de La Vanguardia a tener presente un hecho contundente: que somos, como latinos, y parafraseando a Vasconcelos en su Raza Cósmica, precisamente, la raza de la vanguardia.